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Imagen de Anónimo
02 Septiembre 2015

Cuento "Serie Cola de Ballena"

Era una fría mañana de verano. La brisa golpeaba sobre el acantilado imponiendo su fuerza, como desafiando a un grupo de lugareños que habitaban unas bonitas casas frente a un imponente mar y con la mejor vista del lugar. Todo hacía presagiar que, la erosión y el viento, algún día ganarían esa batalla donde la naturaleza no admite intrusos. Cristina era una niña solitaria, sus padres guardaban distancia y frialdad con ella y, en consecuencia, Cristina tenía que tratar de construir su propio mundo utilizando todos los medios posibles. Sus padres viajaban con frecuencia y ella no tuvo la oportunidad de sentir que tenía una verdadera familia, ya que siempre estaban llegando o se estaban yendo. 

Esa fría mañana de verano fue diferente, era el primer viaje que hacían en familia, juntos. Salieron muy temprano rumbo al aeropuerto, al llegar, subieron a un avión pequeño. Fue curioso ver por la ventana, cómo trataban de meter, en la bodega del avión, las muchas maletas que habían llevado. A pesar de que el avión era pequeño, estaba casi vacío. Aparentemente, el lugar a donde se dirigían, no tenía muchos visitantes. En los bolsillos de los asientos, Cristina  encontró una revista que contenía un artículo que trataba sobre la isla a la que viajaban: “La isla ballenera”. Contaban una historia sobre la matanza de ballenas, y que la naturaleza se encargaría de frustrar,  llenando todos los alrededores de la isla con bancos de arena, lo que finalmente terminó por completo con esta barbarie. Hasta ese momento, Cristina no había puesto atención a las ballenas, así nace la curiosidad que la acompañaría por mucho tiempo. Por la ventana del avión ya se divisaba la isla, era muy pequeña. 

 Al bajar del avión, quedó impresionada con el aeropuerto, en realidad era una cabaña en la que parecía haberse detenido en el tiempo. Los recogió un chofer y, en diez minutos, llegaron a su hermosa casa de verano. La ubicación era inmejorable y estaba rodeada de balcones muy grandes desde donde se podía ver casi toda la isla y la inmensidad del mar. La casa era gris, de madera y con bordes muy blancos; como si los hubieran pintado apenas el día anterior. Contrastaba con un paisaje natural agreste y salvaje, con un camino de tierra y piedras que salía de entre la maleza recién cortada. El mar era azul turquesa muy claro, se dejaba ver desde lo alto con sus bancos de arena que dejaban unas enormes manchas transparentes.

 Cristina dejó sus cosas en la habitación y salió a recorrer el lugar. La casa estaba en la parte más alta del acantilado y, hacia abajo, se veía la playa a modo de franja delimitada por un muro de tierra de aproximadamente quince metros de alto. Aquel muro de tierra y piedras,  erosionado por el viento, formaba una pared muy grande y larga que enfrentaba el soplar del viento. A pocos metros de la casa se encontraba ese lugar, que sobresalía de ese gran muro como si fuera la punta de un barco, quizá porque las rocas o la tierra eran más fuertes y compactas en esa pequeña punta fue se formó este maravilloso lugar, su lugar, con una vista inmejorable y con  arbustos y flores hermosas rodeando la punta de una roca a modo de un iceberg que dejaba ver sólo un pedazo de ella. Cristina supo en ese instante que ese era su lugar,  que le guardaba un propósito, y que durante ese verano ella sería la vigía incansable esperando la aparición de las ballenas.

A los pocos días su padre regreso a trabajar y Cristina y su madre se quedaron casi dos   meses en la isla. Madam pasaba los días entregada de lleno a la lectura, en cambio Cristina, se  pasaba todos los días en su campamento. Llevaba el desayuno muy temprano, siempre tostadas con mermelada y jugo de naranja. Siempre atenta. Después recogía el almuerzo o almorzaba rápido en casa y regresaba con el crepúsculo. Cada día era distinto, cada día cerraba su vigilancia con broche de oro. Nunca antes se había dado cuenta de lo hermosa que puede ser la naturaleza, el verano, sus atardeceres y ese propósito casi obsesivo de ver a las ballenas. Ya tenía una misión, un propósito, ya no se sentía sola, ya tenía un lugar que solo le pertenecía a ella, era la ‘Punta Ballena” como ella la llamó.

Cristina  era estricta con su horario: salía de su casa a las siete de la mañana con su canasta que contenía el desayuno (tostadas y jugo de naranja), y con un enorme sombrero que encontró en la casa, al que le acopló una cinta que se la ataba al cuello para protegerse del sol y la brisa del  mar. Empezaba la contemplación del horizonte, agudizando por momentos la vista. Almorzaba rápidamente en casa, y salía a hacer el turno de la tarde que finalizaba con el crepúsculo que iluminaba el mar de un color naranja con luces blancas y destellos turquesas, muy transparentes. Era el momento de mayor calma en el día. El viento dejaba de soplar y se sentía un aire tibio en el ambiente, y poco a poco se iba oscureciendo y tornándose gris, así, como enfriando, pero unos segundos más tarde, el cielo y las nubes empezaban a clarear y a iluminar el cielo. Cristina se miraba las manos que tenían un color anaranjado (Hora del  ángelus), a los pocos segundos, la noche caía y solo le quedaban un par de minutos para llegar a casa antes que todo esté totalmente a oscuras. La casa era impresionante, la mejor del lugar, la de mejor vista y los mejores balcones, pero eso no parecía importarle a Cristina, es más, nunca contempló el mar desde allí, ella tenía un mejor lugar, su lugar.

El último día del verano, ella no estaba triste ni mucho menos, miraba a su alrededor como grabando todo en su memoria. Contó treinta y cuatro flores blancas que rodeaban una piedra, y delimitó el área en dos metros cuadrados con unas piedras de la zona -especialmente seleccionadas- y también treinta y cuatro piedras. Contempló por última vez ese lugar, casi cual filmadora con varias tomas por segundo, tomas que quedarían grabadas  en su mente y que volverían a su memoria con solo cerrar los ojos en cualquier  momento.

Regresaron  a casa (85 street con la 5ta Av.) en Manhattan, que para ella era simplemente un lugar frío: una casa  de siete pisos repleta de obras de arte, esculturas, pinturas, grabados, libros etc., que nunca había observado bien, pero ahora ya todo era distinto, ella era distinta, ella veía la vida con otros ojos, empezó a ver cosa por cosa, pintura por pintura, esculturas, libros y todo lo que formaba parte de esta mansión.  Empezó a tomarle gusto a cada una de estas cosas, ya su óptica era distinta y su humor  también. Podía ver las cosas con optimismo, con una idea constructiva, entonces esa mansión ya no era la misma. Empezó a enriquecer su espíritu y sintió una sensación nueva para ella. Sentía que esta casa era su hogar y que tenía mucho que descubrir en medio de todas  esas cosas, hasta ese momento ignoradas.

 Cristina contaba con dos personas especiales para ella: su nana Clara y Fernando, el chofer, que además era esposo de Clara. Ellos vivían en un departamento muy bonito que quedaba en el sótano de la casa, y estaban a su disposición las veinticuatro horas del día, Cristina era como una hija para ellos. Ya una vez instalada en su hogar, Cristina comenzó a pensar mucho en esa ballena que nunca vio y que esperaba ver algún día. Al pasar  el tiempo, esa imagen se fue transformando en la cola de la ballena, solo una parte de aquel animal que a ella  le llamó tanto la atención, era  quizás porque tenía la idea de que, a lo lejos , eso era lo único que alcanzaría a ver.

 Pasaron semanas para que ella pueda convertir esa idea en un símbolo, veía la cola de ballena en todo lado: en las nubes, en los floreros, en la comida, todo su mundo y su visión tenía  una única composición y se basaba en esta forma tan peculiar. Eran dos líneas ondulantes y separadas que iban cerrándose con un ritmo especial, y poco antes de que se junten, se separaban radicalmente en forma horizontal con una leve ascendencia, hasta llegar al punto exacto en que regresaban a unirse en un movimiento que imitaba a la onda que forman las olas del mar para unirse en un punto medio hacia abajo, en forma de cresta de corazón. Ese era su símbolo.

 Durante mucho tiempo no quiso tener referencias sobre las ballenas, ella había idealizado la suya e intuitivamente  sabía que podría ser distinta. De una forma u otra, todo esto ocupaba un lugar muy especial para ella y la mantenía siempre alerta a cualquier similitud, ya no era la niña taciturna, melancólica, triste… no… ahora ya tenía otro aspecto, mucho carisma, tenía seguridad en la mirada, parecía saber qué quería exactamente y empezaba a dar una imagen muy madura a pesar de sus doce años. Sentía lástima por su mamá, y a la vez sentía, por primera vez, la necesidad de protegerla; ahora era fuerte, ya podía hacerse cargo de muchas cosas, ella  era ahora la niña “Cola de Ballena”

El invierno fue muy crudo, y no solo por el clima, la familia colapsó. El padre de Cristina, un acaudalado hombre de negocios que salía en las revistas de hombres poderosos, abandonó a su madre por una famosa reportera de  televisión y, por supuesto, fue el escándalo del año para la alta sociedad neoyorquina, cosa que destrozó la imagen de su madre, su elegancia, su glamour, su poder. Felizmente, su madre contaba con un séquito de amigas de alta sociedad, con quienes duplicó sus salidas; tés, visitas a museos, obras de caridad etc., principal actividad a la que se dedicaban para ayudar a su amiga, ahora acontecida.

 Normalmente, en Nueva York, funcionaba el refrán que dice: “del árbol caído todos hacen leña”, pero no era el caso de Madam, ella era una líder, guapa, distinguida, deslumbrante, sus facciones tenían una belleza y una sobriedad que gustaba mucho a la gente y no era neoyorkina.  Perteneció a  la alta sociedad europea, eso la hacía pieza fundamental en este grupo de  señoras,  que lo más que tenían era algo de dinero (de sus esposos, por supuesto), y no contaban con nada más. A pesar de esto, Madam entró en una profunda depresión, presentando cuadros muy marcados de doble personalidad: de pronto era la mujer atormentada y lloraba toda la noche, quedando sus ojos enrojecidos y su nariz hinchada. Los interminables tisúes tirados alrededor suyo daban la idea de que no saldría más de ese estado, pero de pronto, al día siguiente, salía de su mansión lo más elegante posible, su cabellera rubia deslumbraba contrastando con  su abrigo de piel, su caminar era la de una maestra de modelaje, sus botas indicaban con su sonido, que quien la mirase tendría que bajar la cabeza al verla pasar, sus ojos reflejaban la frialdad y la seguridad de que nada la derrumbaría y, por supuesto, en la puerta esperaba una limosina enviada por sus amigas para reunirse en algún evento. Éstas eran las únicas formas en las que veían a Madam durante todo el invierno.

 Las cosas no habían cambiado mucho para Cristina, quien nunca tuvo una comunicación habitual con sus padres, la única diferencia,  era que ahora era consciente de que su madre necesitaba ayuda. Y ella, la niña “Cola de Ballena”, buscaría la forma de ayudarla. Después de unas semanas, Cristina comenzó a dibujar la cola de ballena que tanto visualizaba, la parte trasera de sus cuadernos del colegio tenían innumerables dibujos, creando así una forma simplificada y única que quedaría como un símbolo para ella.  Una vez obtenida esta figura, todo lo que ella hiciera tendría ese sello: las carátulas de sus cuadernos en forma de cola de ballena   enmarcando sus datos, su dormitorio, sus cortinas, su jabón, los parches de sus pantalones, etc. Todo lo que podía modificar o diseñar estaría marcado por ese símbolo.

  Las personas que la rodeaban se empezaron a preocupar por ella,  cosa rara, nunca antes lo habían hecho cuando era sumisa y triste, encerrada en su propio  mundo. En cambio ahora, que estaba y se sentía muy bien, a todo el mundo le extrañaba. Sus profesores la miraban como  a un ser raro, sus amigas del colegio la llamaban: “la loquita cola de ballena”, era obvio que su felicidad les preocupaba, no había otra razón, sus notas en el colegio siempre fueron buenas y lo seguían siendo, nunca tuvo amigas ni le interesaba tenerlas.

Era de suponer que todo el mundo a su alrededor sabía de su obsesión por la cola de ballena, pero pasado algún tiempo se acostumbraron. Todo siguió su curso normal. El invierno terminó y con él se fueron las tristezas. Madam ya había asumido su divorcio y empezó a ir a terapia tres veces por semana. Cristina, por su parte, estuvo a su lado como nunca, acompañándola en las noches y contándole miles de tonterías cotidianas que la sacaran de pensamientos penosos. Llegó la primavera, y era la primera vez que Cristina sentía lo que era esa estación del año: las flores, los árboles y el cielo despejado. Sentía  una sensación extraña, una sensación de que todo lo que sentía y veía en ese momento, tendría que ser compartido con otra persona para que sea ideal.

La relación con su padre también mejoró mucho, ya que la visitaba a menudo, se preocupaba por sus cosas, de cómo se sentía y disfrutaban de salir juntos a comer, a pasear, etc. Era difícil de imaginar, pero la separación de sus padres, y las vacaciones en la Isla Ballenera,  fueron una solución para su familia. Todos estaban mucho mejor. Los meses empezaron a pasar muy rápido, se acercaba el verano y pasaría lo inevitable: ya no viajarían a la Isla Ballenera. Con el divorcio se vendieron algunos bienes, entre ellos, la casa de la Isla.  Cristina lo tomó con mucha calma, el día que lo supo se fue al borde del  lago del  Central Park, se sentó, cerró los ojos, y por primera vez después de casi un año, visualizó ése inmenso mar, ésa isla maravillosa, y por supuesto su lugar. Imaginó flor por flor, piedra por piedra, sintió la brisa que golpeaba el acantilado y el sonido del viento. A partir de ese momento, supo que no regresaría más a ese lugar y que solo el recuerdo la acompañaría, pero también sabía que todo esto había  pasado por algo, que no era gratuito y que, con el pasar del tiempo, encontraría alguna conexión que la llevase a continuar con su misión: encontrar a las ballenas.

Ese verano fue distinto para ella. La ciudad era un horno. La mayoría de la gente citadina estaba de viaje, y fue entonces que Cristina decidió aprender a nadar. Había una academia a pocas cuadras de su casa. Fernando (el chofer) se encargaría de llevarla todos los días. Su primera clase fue frustrante, todos los niños -aun menores- sabían nadar. Ella tenía una postura y una seguridad que dejaba la impresión de ser un pez en el agua, sólo que nunca había entrado ni siquiera a una piscina. De pronto apareció el profesor de natación, era delgado y muy alto, su espalda inmensa daba la sensación de pertenecer a otro cuerpo, de ojos saltones, nariz aguileña, pelo cano y un poco dientón; se podría decir que, sin ese cuerpo fibroso, casi como el de un caballo, este personaje no sería nada. Entonces se escuchó una voz que decía: ¡todos al agua! Cristina perdió su postura y seguridad, las piernas le temblaban y quedó paralizada al pie de la piscina.  Se escuchó una pregunta:

 ¿Cómo te llamas, niña?

-Cristina

¿Me imagino que nunca has nadado?

-Nunca, señor

Bueno, mi nombre es Vic,  dijo el profesor, le acarició la cabeza y le dijo al oído: - yo también pasé por esto cuando era niño, y ahora no tengo espacio en casa para guardar mis trofeos. Cristina sonrió y Vic le dijo: - tú vas a ser mi asistente el día de hoy. Ella se emocionó mucho, Vic le indicó que sacara las boyas y las aletas del armario y que colocara un juego en cada pista, después él le  indicaría como entregarlas durante toda la clase. Ese día Cristina no se metió en la piscina, fue muy raro para ella, pues se suponía que lo haría de una forma u otra pero no fue así.

 Al siguiente día, Cristina se levantó con mucho entusiasmo. Apuró a Fernando para que la llevara lo más pronto posible a la piscina. Una vez que entró, Vic la saludó muy cariñosamente y le dijo : -¿viste como flotaban los niños ayer con esas boyas alrededor de los brazos para entrar a la piscina? – Sí, exclamó, se puso las boyas, entró a la piscina y sintió una sensación placentera, flotaba por primera vez en su vida agarrada de unas boyas, aunque con cierta rigidez. No pasaron muchos minutos antes de que se sienta tan bien que empezó a relajar brazos y piernas, su cuerpo empezó a flotar por completo, no podía creer que fuera tan simple, de inmediato se sintió un grito: ¡a patalear se ha dicho! Cristina empezó a patalear y su cuerpo iba avanzando, sus brazos se pusieron un poco rígidos, entonces. Vic se acercó y le  dijo: - estira los brazos,  suéltalos, haz de cuenta que quieres volar. De pronto empezó a avanzar, llegando rápidamente al otro lado de la piscina, !Media vuelta! Se escuchó, y así sucesivamente.

 El proceso de aprendizaje era realmente duro, era  una academia  bastante rígida. Al cabo de una semana, Cristina ya flotaba sola. Pataleaba con los brazos estirados y hacia sus primeros ejercicios de respiración, sentía que era muy lento el proceso, pero Vic repetía una frase que la copió de Napoleón Bonaparte: ‘vístanme despacio que estoy apurado’, y en verdad, resultó que al cabo de un mes ya sabía tres estilos, aunque sin llegar a dominarlos. Ahora, como decía Vic, todo lo que sigue son horas de práctica, pues ya tenía una rutina. Vic era un gran profesor. Muchas cosas las iba diciendo en el momento preciso, ni antes ni después, y se daba cuenta que su estilo mejoraba día a día. Vic decía que ella tenía cuerpo de tripa, era muy delgada, sus manos y pies muy largos y el cuello también, y que ella tenía el prototipo de una nadadora.

 Pasaron los tres meses de vacaciones, Cristina ya nadaba bastante bien y su vitalidad y fortaleza física eran impresionantes. Ahora, más que nunca, sentía una fuerza  especial, como si no hubiera nada en el mundo que la pudiera vencer. Vic le sugirió hablar con su madre, y decirle que sería muy bueno para ella que siguiera nadando durante todo el año; le advirtió, también,     que era muy sacrificado, ya que los horarios eran: o muy temprano en la mañana o en la noche, y que él estaba seguro de que, si ella continuaba, sería una gran nadadora. A Madam no le gustó mucho la idea, porque Cristina tendría que salir a las seis de la mañana para que pueda llegar después al colegio y no podía obligar a Fernando  a que se levante todos los días a las cinco. - voy a conversar con tu papá.

Esa noche fue muy rara para Cristina, no podía dormir. Por un lado no quería dejar de nadar, pero por otro le asustaba un poco todo este replanteamiento en su vida. De pronto cerró los ojos, se relajó y miró su Isla Ballenera, miró al horizonte una y otra vez, vio a lo lejos la cola de  una ballena y se levantó de un brinco. Nunca antes había visto una ballena pero esta vez si la vio, ¿Por qué?  ¿Será el contacto con el agua o que aprendió a nadar? No lo sabía en todo caso. Lo que sí sabía, es que esto era una señal de algo bueno en su vida. Se arrodilló al pie de su cama y le pidió a Dios que  convenza a Madam, a su papá y a Fernando para que pudiese seguir nadando.

A la mañana siguiente, Cristina despertó y encontró una tarjeta en su velador, era la prueba  fehaciente de que las cosas habían cambiado. La tarjeta decía: ¡Felicitaciones campeona! y estaba firmada por Madam, Clara y Fernando. Por primera vez en su vida, Madam había pensado en su hija como tal, en lo que ella necesitaba. Además, era la primera vez que Cristina pedía algo. Madam nunca llamó a su padre, habló con Clara y Fernando y ellos decidieron turnarse, además de tomar los horarios de acuerdo a la estación. La alegría de Clara y Fernando era total, su pequeña Cristina empezaba a vivir una vida en familia a pesar de la separación  y la apoyarían como si fuese su propia hija.

La escuela comenzó el primer día del mes. Cristina estaba ligeramente más alta, cosa que llamó mucho la atención entre sus compañeras, y tenía un semblante dulce a diferencia de otros años. Empezó a relacionarse con las demás niñas de una manera muy natural, cosa rara en ella.  De pronto divisó a una niña en medio de la clase, como si ese lugar hubiera sido escogido por ella para que nadie se percate de su existencia y se preguntó: ¿Quién es esa niña, es nueva aquí?  Nunca la había visto, no obstante que siempre había estado allí, sólo que tenía la facilidad de pasar inadvertida. Cristina la miró y supo de inmediato que ella era la amiga que estaba esperando. -¿Cómo te llamas? - le preguntó, la niña miraba hacia los costados como tratando de no estar en medio de una conversación. Cristina insistió, sí, tú - ¿Cómo te llamas? - La niña  respondió: Me llamo Bárbara, Cristina la miro fijamente a los ojos y le dijo con una seguridad absoluta - quiero que seas mi amiga, es más, tú vas a ser mi mejor amiga para toda la vida - Bárbara abrió los ojos, retrocedió un poco y cayó sentada en el suelo, era demasiado para ella, nunca nadie le había dirigido la palabra y de pronto esto, dudó mucho antes de hablar pero la seguridad que percibía en Cristina le agradaba y le respondió - si te parece, está bien.  - Y tú ¿cómo te llamas? -  Cristina se puso  las manos en la cintura y exclamó con seguridad: Cristina, “la niña cola de ballena”.  Bárbara la miro un poco asustada, se miraron a los ojos por unos segundos y de pronto soltaron  la carcajada, se rompió el hielo, ya Cristina se encargaría al cabo de unos días de contarle la historia de su sobrenombre.

Las clases de natación comenzaron recién a los 15 días, eran unas pequeñas vacaciones que tenían Vic y su equipo, ya que trabajaban casi todo el año de corrido, pues ahí estaba Cristina, feliz, cada vez más segura y anhelando el agua cual sirena. Corrió y abrazó a Vic,  él la agarro de los hombros y le dijo: ahora  sí vamos a ver lo que es bueno, ¿estas preparada? - Sí - le contestó ella, bueno,  que esperas, saca las boyas, las aletas y las paletas del armario. Cristina se quedó inmóvil mirando hacia la piscina, entonces Vic soltó una carcajada, corrió hacia ella y la levantó de alegría y le dijo: no sabes lo feliz que me hace verte aquí, ella soltó una lágrima y lo abrazó nuevamente. Vic la dejó en el piso y le dijo: de ahora en adelante quiero que pongas mucha atención a todo lo que te digo si quieres ser una campeona, no sólo basta con nadar bien, tu actitud y tu aptitud tienen que ir de la mano, tu cabeza tiene que estar preparada para esto, se puso firme y le preguntó: -¿Qué has aprendido?- Cristina no tenía idea de lo que le hablaba, pues de los saludos no habían pasado y él le dijo: siempre tienes que estar atenta a todo, la lección de hoy es que nunca pongas tantas expectativas en alguna cosa o situación porque corres el riesgo de caer desde muy alto. La ley de la vida es subir y bajar, pero nos prepararemos para que cuando nos toque caer, no sea de tan alto. Ahora que venías a nadar, con la experiencia que tienes, querías demostrar toda tu fortaleza, que eras mejor que los demás, pero no te acordaste de cuando llegaste, no pensaste que pueden haber otros niños como tú,  dubitativos, temerosos y que tu actitud los podría perjudicar, por eso te dije que saques las cosas del armario, para que regreses a ese momento y pienses no solo en ti, sino en todos, somos un grupo y tenemos que comportarnos como tal, entonces, que esperas que no sacas las cosas del armario. Cristina corrió hacia el armario como la primera vez, sacó todos los utensilios y  puso un juego en cada pista.

 Vic le dijo: de ahora en adelante tu carril será el número uno. Cristina se metió a la piscina, él le dijo: ahora quiero que empieces un nuevo estilo, así que comenzaremos de cero, hoy vas a empezar el estilo mariposa, por ahora eres solo una oruga, y como tal no puedes moverte, nadarás sin bracear ni patalear.  Ella pensó que se trataba de una broma, pero no era así. Vic le enseñó un movimiento ondulante con el que lograría mover todo el cuerpo sólo con las manos estiradas y terminando con un pequeño impulso con los pies juntos.  Así comenzó Cristina su nuevo estilo, como una oruga que soñaba algún día con salir y volar fuera del agua cual mariposa.

Cristina y Bárbara se hicieron muy amigas, se sentaban juntas en las clases y compartían  recreos, juegos e historias, porque esta niña tímida, había construido también un mundo interior, un poco más surrealista que el de Cristina, pero muy divertido. Cristina  le contaba, una y otra vez, todo lo que pasaba en las clases de natación, y le decía que estaba muy atenta a todo lo que acontecía, que era importante  estar atenta a cualquier detalle.  Bárbara no sabía nadar y no se animaba a ir, vivía en el lado este de Manhattan, en el Midtown, y le era imposible ir a clases con Cristina

El invierno, a pesar del frío, fue muy alegre. Cristina se sentía muy a gusto con todo lo que la  rodeaba, miraba todo a su alrededor, se volvió muy observadora, creo que la primera lección que le dio Vic, fue contundente para ella, y comprendió que cada casa, persona, calle y objeto, tenían una finalidad en la vida y ella quería descubrirlo.

 Las clases de natación se centraron básicamente en el estilo mariposa. Calentaba media hora en todos los estilos y la siguiente media hora solo  mariposa. El proceso era muy lento y se necesitaba de una gran fortaleza física. Su constitución ósea y su cuerpo alargado iban tomando una forma estilizada.

Ese año fue muy bueno, quizá el mejor  o  el primer año de vida real para ella, tenía todo lo que podía desear a sus doce años: una  amiga que era como su hermana,  a Madam, que por primera vez la veía y sentía como madre,  compartía algunos momentos con su padre, no muchos por sus continuos viajes, pero más que cuando él vivía en la casa, tenía a Clara y Fernando, y además tenía a alguien muy importante… tenía  a Vic.

La historia de Vic era un poco compleja, quizá era la historia de un héroe al que la vida  puso en situaciones difíciles y que en determinado momento no supo afrontar. Vivía solo. Cristina nunca le escuchó hablar de alguna mujer en especial, ni de hijos ni de hermanos ni de sus padres. En realidad, para él, la academia era todo. Tampoco quiso comentar nada sobre sus vacaciones.  La verdad es que Vic fue campeón olímpico de natación estilo mariposa. Nadó desde que tuvo uso de razón y entrenaba todos los días. Su cuerpo tenía una musculatura especial era muy flexible, sus pies y manos muy grandes, eran las herramientas adecuadas para el agua. Ganó muchas competencias, muchos trofeos, muchos premios y tuvo muchos admiradores.  Se le veía muy seguro de sí mismo en la piscina y en el mar, pero salía a la calle y era un extraño, un forastero, casi un paria, no se identificaba con nada ni con nadie; era de una timidez extrema; tenía doble personalidad.

  En una de las competencias, quedó impresionado por una nadadora rusa, su estilo era imponente, su cuerpo muy delgado y sus curvas pronunciadas eran una combinación de fuerza y belleza unidas en un solo cuerpo, y su rostro iluminaba todo lo que la rodeaba; tenía unos inmensos ojos celestes profundos, siempre miraba a los ojos con la naturalidad e inocencia propias de alguien seguro de sí mismo. Vic se hizo muy amigo de ella, salían casi todos los días, ambos se contaron sus vidas de principio a fin. Nació una amistad muy sólida entre ellos y se hicieron inseparables. A veces caminaban por las calles abrazados como lo hacen los amigos de infancia, pero Vic, como es natural, empezó a sentir  algo más. Pensó mucho antes de hablar con ella. Al cabo de unas semanas, Vic tomó valor y le confesó su amor, ella lo miró fijamente con sus profundos ojos celestes que empezaban a diluirse en sus propias lágrimas, se frotó los ojos varias veces y lo miró con mucha ternura, le regaló una  sonrisa, lo abrazó muy fuerte y le dio un beso en la mejilla… lo miró ya más tranquila… y le dijo adiós, dio media vuelta y se marchó caminando apurada hasta perderse entre la gente, mientras Vic la miraba paralizado, pasmado, en shock. Nunca se imaginó esa reacción. No tenía idea de lo que pasaba y nunca más la vio. Simplemente se la tragó la tierra.

 Quizá, lo que más lo destruyó, fue el hecho de no saber qué fue lo que pasó, qué podría haber detrás de todo eso. Se aisló durante años y nunca más compitió, perdió todo interés hasta que se acostumbró a convivir con su soledad. Empezó a trabajar como entrenador, pero no se sentía bien porque trabajaba con muchachos ya grandes, y sentía que no estaban bien formados para esta disciplina y que estaba perdiendo el tiempo. Luego conoció a un inversionista, quien le propuso montar una academia para niños. Desde ese momento, Vic dedicó su vida entera a la academia, ese era su lugar, su hábitat, y esa era su gran familia. Durante las vacaciones visitaba a su madre, una mujer acabada por los  años y el trabajo y que vivía con una empleada de toda la vida que tenía casi su misma edad. Vivían en las afueras. Vic era hijo único, su padre fue soldado del ejército de los EEUU y murió muy joven, y así, salvo un par de fotos, nunca supo mucho de él.

El tiempo pasó muy de prisa. Cris llegaba a su primer año de práctica en natación. Se avecinaba un acontecimiento muy importante: su primera competencia. Cris estaba más que preparada, sus tiempos eran excelentes y el estilo libre era su fuerte. Era como un pez en el agua. Sabía que tenía todo para ganar, sin embargo, Vic le dijo: las cosas funcionan de manera inusitada, la teoría es una cosa y la práctica  otra, tienes que tener en cuenta que solo se gana cuando uno llega a la meta, mientras tanto estás en las mismas condiciones de los otros participantes. Vic se acomodó a la derecha en un sitio visible, lo último que le dijo fue: “todos dicen que lo importante es participar, yo te digo que  lo importante es ganar”. ¡Suerte!

Cris respiró profundo, su concentración era máxima. Solo esperaba, cual arma de fuego, sentir el gatillo para detonar y salir cual bala. El silencio era absoluto y de pronto se escuchó una detonación ensordecedora, su cuerpo se dejó caer ligeramente flexionando las rodillas, y saltó de forma perfecta. Solo paró hasta llegar al final de la piscina, nunca escuchó que la partida fuera anulada. Vic le gritaba, el coliseo entero le gritaba: stop… stop… ¡Detente Cristina!... ¡Para!... ¡Detente!

Increíblemente, esta escena se repitió nuevamente con dos partidas fallidas, lo que melló su físico. Volvió a su lugar y por fin dieron una buena partida. Cris flexionó, saltó, nadó, y luchó con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió el segundo lugar. Había fracasado  a pesar de tener todo a su favor, salió del agua y busco la mirada de Vic. Todo transcurría en cámara lenta para ella, quería ver en Vic la desilusión… pero no fue así. Vic corrió hacia ella como si hubiera ganado un título mundial, la abrazó muy fuerte y con la ropa mojada le dijo: acabas de aprender que no siempre ganan los mejores, la vida es más fuerte que cualquier fuerza humana. Acabas de pagar tu primer derecho de piso, vendrán muchos más y tendremos que trabajar duro en ello. Solo llegan a grandes los que cayeron muchas veces.

Cris, ya más tranquila, lo volvió a abrazar y le dijo: eres lo mejor que me ha pasado en la vida, a tu lado siento que voy a brillar como una estrella. De pronto llegó corriendo Bárbara y se lanzó encima de Cris por la espalda y le gritaba: ¡Ganaste dos veces y la tercera llegaste segunda! Eres lo máximo. Todos los que estaban alrededor rieron mucho. Inmediatamente después llegaron Madam, Clara y Fernando gritando a coro: ¡campeona!... ¡Campeona! De pronto  sintió una sensación rara, sintió que había ganado y que todo lo que había pasado en estos últimos tiempos, había sido un triunfo en su vida y tenía muchas personas  queridas.  Se sentía madura. Ella recordaría ese día como su primera gran victoria, como la más difícil “La competencia de la vida”.

Cuando salieron, Madam le entregó un ramo de rosas que tenía en el carro, en la tarjeta decía: ¡Felicidades campeona!, y estaba firmada por su padre, quien no pudo acudir por sus múltiples compromisos de negocios. Dejaron a Bárbara en su casa y salieron a festejar a una pequeña trattoria. Para Cris fue una situación atípica, ya que era la primera vez que veía a su madre como a una común mortal en la  mesa de un pequeño restaurante, junto a Fernando y Clara, era algo increíble. En realidad, creo que todos estaban sorprendidos. El silencio era absoluto, ¿qué podrían compartir o hablar en una mesa con Madam?  Cris rompió el silencio con una pregunta: ¿saben Uds. cuánto pesa un oso polar?... atónitos,  Madam, Clara y Fernando no atinaron a decir nada, .entonces Cris les dijo: - Lo suficiente para romper el hielo - … tras unos segundos de silencio, soltaron todos la carcajada y comenzó una velada inolvidable, muy divertida, las cosas seguían cambiando para bien. Esa noche Cris dio gracias a Dios, cerró los ojos y contempló su paisaje, ese mar turquesa en su punta ballena  y nuevamente visualizó la cola de una ballena… señal inequívoca de que las cosas andaban bien.

Los siguientes tres años fueron muy estables sin dejar de ser intensos: entrenamientos diarios, continuas competencias, y los estudios eran cada vez más exigidos, ya que  tenía la idea de estudiar algo relacionado con el mar, todavía no sabía qué, pero presentía que ése era su camino. Sus tiempos en natación fueron cada vez mejores, ya tenía el record nacional en estilo libre y, por supuesto, innumerables trofeos que abarrotaban su habitación. Vic fue para ella, en todo este tiempo, la imagen paterna que nunca tuvo, además de ser su mejor amigo, eso fue fundamental para consolidar su carácter tan especial.

Cris era ya toda una mujer. Muy alta, espigada, parecía  sacada de un cuadro manierista. Además de su belleza física, tenía belleza espiritual, emanaba una energía propia de  esas personas que parece que no les falta nada en la vida y que tienen mucho que dar. En efecto, ella era así, nunca tuvo la necesidad de tener una pareja, cosa frustrante para sus amigas, en especial para Bárbara, quién no podía estar sola, siempre tenía ya un pretendiente en la mira por si acaso pasara algo con el que estaba saliendo. Cris sentía una paz especial en su vida, sabía que su existencia tenía un propósito, un sentido particular, una misión que iba más allá de lo común y que trabajaría muy duro para descubrir qué era eso que la motivaba. 

De pronto las cosas cambiaron, una noticia alborotó todo. Cris había sido seleccionada para representar a su país en los Juegos Olímpicos. Vic le dijo: llegó el momento Cristina, es momento de volar… Cris entendió perfectamente el mensaje. Vic jamás quiso que ella participe en estilo mariposa, nunca supo porqué, lo que sí sabía, era que ése fue el estilo con el que Vic ganó la mayoría de sus trofeos, y quizá ese fue el estilo que lo llevo a conocer al gran amor de su vida. En fin, Cris nunca se preocupó por eso.  Ahora tendría la oportunidad de participar, nada menos que representando a su país en un estilo que ya era parte de su existir.

Los entrenamientos cambiaron radicalmente. Cris tuvo que duplicar su tiempo. Empezó con una dieta estricta y doble turno de práctica. Algo que a ella le pareció muy raro, fue que Vic le presentó a un amigo de nombre Paco, un señor maduro de poco más de setenta  años, pero equivalentes a cien de experiencia, según Vic. Supuestamente, ella estaba programada por la federación para tener una hora al día con un psicólogo,  pero Vic  prefirió que ella tome esa hora para charlar con éste personaje.  Al principio se quedó sorprendida, ya que él empezaba siempre a  hablar cosas simples y comunes que no tenían la mayor importancia, al menos eso era lo que  ella pensaba,  pero si Vic lo decía era por algo.

Esos meses tan intensos fueron determinantes para Cris, estaba aprendiendo mucho más de lo que imaginó.  Vic se puso muy estricto con los detalles del estilo,  se obsesionó con lograr que el estilo mariposa de Cris fuera perfecto. Le tomaba fotos dentro y fuera del agua, filmaba y repasaba todos los días en su casa los videos y las fotos, preparando minuciosamente una estrategia para ganar éstas olimpiadas. Era como si el tiempo hubiera retrocedido para él, y veía en Cris, al joven Vic a quién la vida le dio todo y extrañamente se lo quitó.

Por otra parte, las conversaciones entre Cris y Paco  eran cada vez más intensas. Las cosas, al principio triviales, tomaban una importancia vital  y, los testimonios diarios, no eran rebuscados ni elaborados, eran comentarios sobre la simplicidad de la vida. Paco hablaba de la importancia de lo pequeño, de la grandeza de lo aparentemente inservible, de lo importante que puede ser un hilo de agua. Paco era un viejo lobo de mar que sabía mucho, leía todo lo que se le ponía  al frente, todos los temas, no menospreciaba nada y siempre tendía a simplificar la idea con un par de palabras, ése era Paco.

Cris empezó a entender las cosas de otra manera, sentía que la vida le tenía reservada una tarea muy importante, algo trascendental. Empezó a entender que la vida de por sí era un reto, que el simple hecho de vivir era ya un logro, que valorar las cosas mínimas era esencial para poder afrontar cualquier circunstancia difícil.  Entonces retrocedió un poco en el tiempo, y recordó algo que la había ayudado mucho: la imagen de su paisaje, su punta ballena , el infinito horizonte turquesa y las enormes manchas que dejaban los bancos de arena y, por supuesto, esa ballena que aparecía de vez en cuando blandiendo su cola cual señal auspiciosa.

En verdad, ella era la niña Cola de Ballena, ya lo había olvidado. Durante muchos años ése fue su escudo protector y ahora le parecía tan infantil, que fue hasta gracioso recordarlo. Pero… ¿no fue la niña Cola de Ballena la que le salvó la vida, la que le enseñó el camino, la que le dio fuerzas en los momentos más cruciales y difíciles que le tocó vivir?, ¿qué podría tener eso de infantil? … se cuestionó.  Empezó a recordar todos esos pequeños acontecimientos que marcaron su vida para siempre, y se dio cuenta de que ahora era ella la mujer Cola de Ballena. Por supuesto, no había reparado en ello… ¿cómo una cosa tan infantil podría tomar forma en una persona  adulta?, ésas eran las cosas de las que hablaba Paco, las que tendría que buscar,  las más simples, las más infantiles, las más puras e inocentes, esas eran las cosas que tenían un valor incalculable.

Cris comprendió al fin,  por qué Vic le dejó la posta a Paco, para que ella se diera cuenta que la vida tiene un propósito, como una vez Vic le dijo: “todo el mundo dice que lo importante es competir, para mí lo importante es ganar”, ella no entendió del todo el mensaje,  quizá ni  Vic lo entendería, él con mayor razón, ya que nunca pudo triunfar en lo más importante de su vida… el amor. Ahora Cris entendía con mucha claridad: no se tiene que ganar una medalla para ser ganador.  Recordó su primera gran victoria, y no fue en una piscina ni en una olimpiada ni nada por el estilo, fue en la vida misma.

Cris regresó a casa caminando por esas calles que la vieron pasar una y otra vez durante muchos años. Empezó a observar las veredas, los rincones, las esquinas, las tiendas. Todo era nuevo pare ella, nunca le había puesto la atención debida.  Llegó a casa, subió a su cuarto y arregló sus cosas.  Al día siguiente partiría a un país lejano representando a su país… nada menos. Sacó sus trajes de baño, escogió el turquesa limpio, sin rayas ni emblemas ni nada, lo puso en el planchador como vistiéndolo  y le pintó la cola de ballena en la espalda, guardó el traje de baño en la maleta y ¡listo! Se recostó en la cama y cerró los ojos.  Después de mucho tiempo visualizo nuevamente ese hermoso paisaje, la línea del horizonte era tan azul que parecía irreal, sintió esa brisa fresca, ese olor peculiar de la Isla Ballenera y se durmió con ese recuerdo.

El día de la competencia, Cris mostraba una tranquilidad poco habitual. Vic era presa del pánico, los nervios lo estaban traicionando y no podía dejar de caminar de un lado para otro, sudaba frío, le decía a Cris que estar allí era ya un logro: - tú tranquila, lo importante es competir… ya sabes… Cris soltó la carcajada    - ¿Qué me dices Vic?... tranquilízate,  todo está bien, yo no estoy preocupada por ganar, voy a competir lo mejor posible, para eso nos hemos preparado, la principal competencia en la vida ya la gané y tú eres parte de ese premio -  Vic se quedó paralizado, por primera vez en su carrera los roles habían cambiado, ya  Cris no era la niña a la que Vic  daba lecciones de vida,  ahora le tocaba a él recibirlas, las lágrimas  se le salieron y empezó a llorar abrazando a Cris, desahogando con ese llanto todos esos años de frustraciones y sufrimientos a los que se había aferrado.

Ya más tranquilo retrocedió, la miró  y le dijo: ¿qué te puedo decir? Tú ya ganaste.  Cristina tomó su lugar, respiró profundo, y en su mente visualizó una ballena que salía del agua dando un gran salto. En ese instante se dio la partida, Cristina dejó caer su cuerpo hacia delante,  flexionó las rodillas y se impulsó con fuerza en un vuelo lento en el que parecía que nunca iba a caer y, en esa fracción de segundo antes de tocar el agua, las escenas de su vida pasaron delante de ella como una historia, la historia de la niña Cola de Ballena.

De ése acontecimiento pasaron ya  muchos años. Cristina se convirtió en oceanógrafa y trabaja en una universidad de Miami. Dejó hace mucho tiempo Nueva York.

Aquella mañana de verano en la  universidad de Miami, pidieron voluntarios para una expedición por varias islas del Atlántico Norte, por supuesto que Cris se apuntó primera. Luego de visitar innumerable cantidad de islas durante varias semanas, llegaron a la Isla Ballenera. Cristina pisó la isla y retrocedió en el tiempo. Todo estaba igual. Los lugareños se habían encargado de que la isla no sufra las deformaciones que trae consigo la modernidad.  Así que prohibieron las franquicias, los edificios, etc.  Las calles principales del centro estaban tal cual, empedradas en una isla donde el tiempo se había detenido. Cristina tomó un taxi dejando a todos sus compañeros sorprendidos, ¿a dónde vas?…  le decían, ella nunca volteó.  - Lléveme al lado norte de la isla -, le dijo al chofer, - quiero ir a las casas, al lado del faro en el acantilado, su corazón empezó a latir con mucha fuerza.

Cristina tenía ya treinta y cuatro años y nunca imaginó  estar en esa isla nuevamente. Al llegar al lugar notó algo distinto, como que la geografía  estaba incompleta. Su sorpresa fue muy grande, donde antes estuvo su casa ya no había nada. Más adelante vio una grúa inmensa cargando una casa entera. Bajó corriendo y habló con unas personas que estaban viendo también como movían la casa, - ¿qué está pasando? - les dijo. Uno de los viejos del lugar, le contó que a las casas que estaban pegadas al acantilado las estaba moviendo hace años el viento, y que la erosión había desgastado el acantilado dejando muchas casas inhabitables. Cristina corrió hacia el acantilado y no lo podía creer, ésa era la segunda fila de casas y ya estaban saliendo hacia el acantilado.  Corrió hacia su lugar, hacia su Punta Ballena como ella la llamaba. Cuando llegó… el lugar no existía, pero a pocos metros del acantilado se miraba esa enorme piedra que, desde la playa, se levantaba casi hasta el ras de donde se encontraba Cristina, esa era su piedra, esa era su Punta Ballena, esa era la punta del risco donde Cristina se había sentado durante días enteros contemplando el inmenso mar, y que ni el tiempo ni el viento pudieron borrar.

 

Era una fría mañana de verano, la brisa golpeaba sobre el acantilado imponiendo su fuerza. La erosión y el viento ganaron esa batalla en donde el hombre era solo un intruso que fue desalojado por la naturaleza. Cristina miró por última vez el paisaje, tal cual lo vio una y otra vez en el transcurso de su vida, volteó la mirada y con el rabillo del ojo creyó ver algo en el horizonte… ¿la cola de una ballena? - se preguntó… volvió a mirar y no vio nada. Esperó un rato y luego se fue. Ya en el taxi que la esperaba le preguntó al taxista: ¿Se pueden ver ballenas desde aquí?, el taxista le dijo que no.